Es raro pasearse por España y no encontrar un pueblo, por pequeño que sea, en el que no haya un bar. Y es que somos el lugar del mundo con más bares por habitante: uno por cada 247 personas, según datos de 2015 de la Federación Española de Hostelería (FEHR).  

Aunque hoy forman parte del paisaje, como algo que siempre debió de estar ahí, su invención y proliferación son relativamente modernas. “Lo que entendemos en la actualidad por bares -porque lugares en los que se vendía vino y podía comerse algo han existido siempre-, es una idea importada de los países sajones de principios del siglo XX”, señala el investigador gastronómico Carlos Azcoytia.

Según cuenta, sus orígenes están íntimamente ligados a la explosión industrial y los nuevos métodos de trabajo propugnados por el economista Frederic W. Taylor en 1912 y materializados después por Henry Ford, el fundador de la Ford Motor Company, que revolucionó la industria en Estados Unidos al lograr fabricar un gran número de automóviles de bajo costo mediante la producción en cadena.

“Esta sistematización racional del trabajo se extrapoló también a la restauración. Era un momento en el que había que alimentar a una gran cantidad de personas que habían dejado el campo para concentrarse en las grandes ciudades y que tenían que comer en una franja horaria muy concreta”, explica el director de la publicación Historia de la Cocina y la Gastronomía.

Un símbolo de modernidad...

Los primeros bares españoles -el nombre “bar” viene del inglés bar (barra)- se establecieron en Barcelona a finales del primer tercio del siglo XX y estaban hechos casi a imagen y semejanza de los parisinos del barrio Latino. “Al estar cerca de la frontera, la capital catalana siempre ha sido más permeable a las costumbres externas”.

Frecuentados por hombres y mujeres jóvenes con cierto poder adquisitivo, eran un símbolo de modernidad, frente a los tradicionales cafés y las prosaicas tabernas, y preludio de una nueva forma de relacionarse de forma anónima y más desenfadada.

“La liberación de la mujer que supuso la Primera Guerra Mundial, cuando tuvieron que sustituir en las fábricas a los hombres que partieron al frente, fue la base principal de este gran cambio”, apunta Azcoytia.

Con una oferta licorera que distaba mucho de la idea norteamericana inicial, su elemento más característico era una mesa alta que hacía de mostrador, en torno al cual la clientela se sentaba en taburetes para comer y beber.

Algunos ya eran famosos cuando desembarcaron en España por su lujo y grandiosidad, y por algunos de sus barman, verdaderos alquimistas de los cócteles y combinados. Era el caso del Jocquey-Club de Buenos Aires o del Shanghai-Club de Shanghai, que tenía una barra de unos 80 metros donde podían apoyarse unas 500 personas a la vez.

... que al principio no nos gustó

La resistencia inicial a todo lo nuevo es intrínseca al ser humano y, en sus inicios, los bares no gustaron a los españoles. “Al ciudadano medio u obrero le debía parecer inconcebible que alguien pagara un real o más por una gamba guisada o una respetable suma por unos minúsculos bocadillos para al final quedarse casi sin comer”, dice este investigador gastronómico.

“Tampoco veían con buenos ojos la moda de sentarse en altos e incómodos taburetes, además del desorden al mezclar alimentos, que, en su opinión, solo estropeaba los estómagos de los comensales”.

Un grupo de amigos se divierte en un bar
Es incuestionable el papel de los bares como centro social.

iStock

Ante ese rechazo y para no cerrar, los bares tuvieron que amoldarse a las costumbres del lugar, aunando tradición y modernidad. “Es ahí donde surgen nuestras típicas tapas para atraer a los parroquianos de tascas y tabernas”. No obstante, tal como destaca este experto sevillano, la adaptación de la taberna al bar no se desarrolló por igual en toda España, sino que dependió de cada zona y de la vista comercial de quienes regentaban estos establecimientos. “Las tapas surgieron en Andalucía; no existían en el resto de España. Hoy te vas al País Vasco, y tienes los pinchos”.

Y así fue como, poco a poco, los bares, con una personalidad única como concepto pero a la vez muy diversos, fueron calando en la vida cotidiana de los españoles hasta convertirse en lo que son en la actualidad: casi imprescindibles.