La Real Academia Española, la casa habitada de la A a la Z por la vida apasionante y prodigiosa de las palabras, acogerá el próximo 23 de junio, por cuarto año consecutivo, a muchos de los jóvenes capaces de crear mundos sorprendentes con ellas. Será en la gala de entrega de premios del Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos de Relato Corto, que alcanza su 57.ª edición.

Fundada en 1713 bajo el ya famoso lema Limpia, fija y da esplendor, la RAE sigue fiel a su compromiso de contribuir al buen uso y la unidad del idioma, combinando presente y pasado, modernidad y tradición.

Así lo demuestra su director, Darío Villanueva, que no considera las nuevas tecnologías una amenaza, porque la lengua siempre ha sabido sobreponerse a los cambios de paradigma; que sigue viendo a mucha gente leer, ya sean libros de papel o electrónicos, y a quien llenan de esperanza los relatos imaginativos y novedosos de los participantes en el concurso literario de Coca-Cola, el más longevo de España, con sus palabras de ayer y de hoy.

Si el idioma español fuera hoy al médico, ¿cuál sería el diagnóstico?

Debemos fijarnos en que la lengua funcione, sirva al objetivo que le corresponde y no esté anquilosada o estancada. El español es un idioma en crecimiento, tanto por razones demográficas –es la segunda lengua con mayor número de hablantes nativos por detrás del chino mandarín- como por potencial cultural y económico. Prueba de ello es la comunidad hispana en Estados Unidos, que supera los 50 millones de personas.

Hay quienes opinan que las redes sociales están empobreciendo la lengua.

La tecnología siempre ha significado un avance irrenunciable. No podemos preguntarnos si una tecnología que llega es buena o mala porque es un hecho que no tiene vuelta de hoja. Con la invención del telégrafo en el siglo XIX, se cobraba por palabras, así que la gente empezó a enviar telegramas sin nexos, con los verbos en infinitivo o sin adjetivos, y eso no deterioró el idioma. El problema es que las licencias que se toman vía SMS o WhatsApp se mantengan en otros tipos de comunicación más formales que deben ajustarse a la normativa ortográfica, que en el caso del español es muy transparente. No soy nada apocalíptico en este sentido.

De viajar al presente, ¿qué pensaría el Quijote respecto al castellano?

Al oírnos hablar, entendería muchas cosas, pero habría otras que le resultarían insólitas, desconocidas. El Quijote es un libro de diálogos. Estudiando sus palabras, las que se repiten más son “dijo” y “respondió”. Esa capacidad de dialogar de don Quijote con Sancho Panza y otras personas de diferentes procedencias le permitiría adaptarse fácilmente.

¿Qué compromiso debería tener cada uno con su idioma?

Hemos de tener conciencia de la lengua. Hay gente que, por el modo de hablar, parece como si no le importara, por eso la maltrata, ensucia, tergiversa. Un buen mecánico cuida sus herramientas, las limpia, las engrasa, las pone a punto para poder realizar su tarea en las mejores condiciones. Lo peor es cuando se demuestra absoluto desdén por el idioma, algo que se ve en la invasión de términos ingleses, lo que denota un cierto complejo de inferioridad, ¡con la lengua tan maravillosa que tenemos! Es incomprensible que la palabra “nails”, por ejemplo, esté sustituyendo a la española “manicura” en los establecimientos dedicados a esto. Debemos respetar lo suficiente nuestra lengua como para no inyectar en ella palabras foráneas absolutamente innecesarias.

¿Leemos más, igual o menos que antes?

Vivimos una crisis editorial considerable, según las grandes empresas editoras, y el  sector que resiste mejor es el de la literatura infantil y juvenil. Lo que puede ocurrir es que el hábito de la lectura se pierda más adelante, sobre todo por el ritmo frenético de vida que llevamos, que nos hace disponer de menos tiempo de ocio para la lectura. De todos modos, cuando viajo en metro o en avión, me fijo y veo a mucha gente leyendo, ya sean libros físicos o electrónicos. Como dije antes, no soy nada apocalíptico.

57 edición del Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos de Relato Corto
Darío Villanueva, en una de las galas de entrega de premios del Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos de Relato Corto celebrada en el salón de actos de la RAE.

Los participantes en el Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos de Relato Corto son adolescentes muy motivados por la lectura y la escritura. ¿Cómo son sus relatos?

Estamos muy contentos de que este concurso culmine con un acto de entrega de premios en el salón de actos de la Real Academia Española. Queremos contribuir a una organización extraordinaria y meritoria que alcanza todo el territorio nacional. Sin duda, lo más importante es el estímulo que esto significa para los jóvenes que, siendo lectores –algo imprescindible para escribir bien-, hacen sus pinitos en la escritura con una redacción que suele ser muy imaginativa, ingeniosa, desenfadada, novedosa. No todos los ganadores llegarán a ser grandes escritores, pero hay una cantera magnífica que nos llena de esperanza.

Con las palabras estos jóvenes crean realidades que no existían, ¿para qué sirven exactamente?

Son la expresión de lo que una persona piensa, pero también nos permiten describir, definir el mundo que nos rodea. También, incidir en la conducta de los demás: pedimos cosas, solicitamos atención, establecemos contactos de simpatía. Y hay una función sublime: con el lenguaje se puede hacer arte, poesía, crear belleza. Los escritores son artistas que no trabajan con pinturas ni con arcilla, sino con las palabras.

¿Cómo acercar la literatura y la escritura a los más jóvenes?

En primer lugar, la familia tiene un papel muy destacado. Si existe el hábito de la lectura en casa, si hay una pequeña biblioteca, se crea la burbuja ideal para que los más pequeños se incorporen. Luego está la educación, pilar fundamental, y también la acción de intermediación de los medios de comunicación. Todos los días se hacen eco de la actuación de una banda o cantante, pero muy raramente sale una referencia a un libro. Indudablemente, se podría hacer más.

¿Recuerda algún libro en especial de su niñez y adolescencia?

Sí, recuerdo el primer libro que leí del que tengo memoria: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. También fui muy lector de las obras de la literatura española más accesibles a un niño, como las Novelas ejemplares de Cervantes o las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, así como de esa literatura juvenil de la serie inglesa Los cinco de Enid Blyton y de Las historias de Guillermo Brown de Richmal Crompton.

¿Cuál es su palabra favorita, si la tiene?

“Alba”. Soy filólogo y me gusta conocer los entresijos de las palabras. La primera razón para elegir “alba” es de tipo tónico: las palabras encierran música y “alba” tiene dos veces la vocal más abierta del castellano, que es la “a”, y dos consonantes muy sonoras. El segundo motivo tiene que ver con el significado. El alba marca el comienzo del día, la llegada de la luz, el fin de las tinieblas de la noche. “Albo” significa además blanco, que en nuestra cultura tiene connotaciones muy positivas: pureza, belleza, limpieza. Y también me gusta porque es un nombre precioso.