Diez provincias y más de 1.300 municipios, pero menos de medio millón de habitantes, convierten a la Serranía Celtibérica en uno de los territorios más despoblados de toda Europa. Cientos de pueblos solo tienen un único bar, que se convierte en el centro neurálgico y de encuentro de todos.

Puebla de Valles es un municipio de unos 67 habitantes. Es uno de los puntos con menos población de España. En sus calles no hay tiendas y el único ruido que se escucha es el silencio. Pero si algo no le falta a este pequeño rincón de la provincia de Guadalajara es su bar.

Auspiciado por el manto rojizo de sus cárcavas y con un cartel que hace esquina señalando el punto exacto, se encuentra el Bar Centro Social. Un local no muy grande al que acompañan unas cuatro mesas, la barra, una chimenea, una televisión y un canario de color amarillo cuyo aleteo te recuerda cada cierto tiempo que está allí.

 El bar, el alma del pueblo
Dorota y Francisco llevan el Bar Centro Social de Puebla de Valles.

Detrás de la barra, Francisco y Dorota. Él tiene 52 años y ha vivido toda la vida en La Mierla, municipio vecino de Puebla de Valles. El origen de ella, de 48 años, está más alejado de esta zona, concretamente en Polonia. Lleva algunos años viviendo en España y conoce de primera mano la relevancia de los bares en nuestro país. Hace algo más de doce meses que este matrimonio tomó las llaves del Bar Centro Social. Tiempo suficiente para saber de la importancia de este local: “El bar aquí es fundamental, es el punto de encuentro. Si no aquí no hay vida”.

Esta es una de las paradas de las miles que componen lo que se conoce como la Serranía Celtibérica. Un territorio que supera los 63.000 kilómetros cuadrados, más grande que la superficie de hasta diez países europeos. Alberga diez provincias que reúnen 1.310 municipios y una enfermedad que arrastra desde hace más de medio siglo: la despoblación.

El bar, el alma del pueblo
224 municipios de la Serranía Celtibérica que solo tienen un bar. Fuente: FEHRDATA

La situación de Francisco y Dorota es la misma que escribe la rutina de los 224 municipios de la Serranía Celtibérica que sólo tienen un bar. Y es que los bares son precisamente el salvavidas de estas zonas, cuya despoblación se ahoga cada año. Si algo termina de desequilibrar la balanza para que todo esto merezca la pena es el trato humano que se da en estos locales.

A unos 20 kilómetros de Puebla de Valles está Muriel. Un municipio de Guadalajara que echó el cierre a su Ayuntamiento entre los años 60 y 70 como consecuencia de la pérdida de habitantes. Desde entonces, depende administrativamente de Tamajón, un municipio que alberga unas 131 personas. En Muriel, no llegan ni a 15.

Una gran familia

Allí cerca del Río Sorbe se encuentra el Bar el Mirador. Está regentado desde hace más de dos décadas por Santiago y María Ángeles, o Angelines como mejor se la conoce. Este local es uno de los mejores retratos que deja entrever que en estos pueblos no hay vecinos, sino pequeñas comunidades cuyas relaciones se afianzan en los bares. “Aquí somos como una familia”, dice Angelines. Y no es para menos, las paredes de su bar están repletas de platos decorativos que le han ido regalando los vecinos de la zona. “Me los traen de cada viaje que hacen. Van a algún sitio y siempre me dan algún detalle, tengo muchos”.

 El bar, el alma del pueblo
Angelines, propietaria del Bar el Mirador de Muriel desde hace 21 años.

Pero ¿qué es lo mejor de llevar un bar en pueblos como estos? “Charlar con la gente”, contesta Angelines. Misma respuesta que también dan Francisco y Dorota. “La gente viene aquí a hablar, a que le escuchen, porque para tomar algo, te lo tomas en tu casa”, cuenta Francisco. “Están aquí, echan la tarde, juegan a las cartas, ven la tele”, añade Dorota.

Es casi la misma fotografía que se hace de Montarrón, otro municipio de Guadalajara de 33 habitantes. Tiene tres calles contadas. Su bar forma parte del Ayuntamiento, un centro social que hace incluso de teleclub.

Los vecinos socios de este local pueden ir turnándose para estar detrás de la barra, pero quien lleva el peso es Ricardo, un hombre de 55 años natural de Alcalá de Henares. El local también dispone de futbolín, una televisión y unas cuatro mesas. Sus paredes están decoradas con fotos en blanco y negro que avisan del tiempo que se ha ido dejando atrás.

“Aquí somos como una gran familia. Y a quien viene de fuera también lo tratamos como a uno más”, nos cuenta Ricardo, mientras Flor y Esperanza, dos vecinas de Montarrón, echan una partida de cartas en la mesa de al lado de la barra. “Esto es totalmente el alma del pueblo”, dice Ricardo.

 El bar, el alma del pueblo
Flor (izquierda) y Esperanza (derecha), dos vecinas de Montarrón juegan a las cartas en el bar del pueblo.

A poco más de 10 minutos de Montarrón, está Fuencemillán, un municipio de 100 habitantes que guarda su atractivo en unas enormes cuestas y calles estrechas. Aquí el punto de encuentro es el Bar Centro Social. Un espacio con billar, futbolín, dardos, una bola de discoteca colgada de una de las lámparas, dos televisiones y una barra que atienden desde hace seis años Ismael y Elisa. Dos jóvenes que no llegan a la treintena de edad y que han crecido en madurez y aprendizaje gracias a este bar.

Camarero, camarera y diez profesiones más

Ella lo tiene claro: “Si nunca hubiera estado aquí, detrás de la barra, no habría tenido conversaciones con personas que me sacan unos 40 años. Pero me gusta hablar con gente mayor. Te cuentan sus historias y aprendes mucho. Y ellos de nosotros también, claro”. Elisa destaca esa parte positiva de su trabajo, ese trato personal que se multiplica por tres en bares como estos.

 El bar, el alma del pueblo
Elisa e Ismael, camarera y camarero del Bar Centro Social de Fuencemillán.

Ismael va incluso más allá. Tanto él como Elisa, a quien conoce de toda la vida, hacen “una gran labor social”. Porque esa es otra característica de quien se sientan detrás de la barra. No son solo los camareros. Son mucho más. “Hacemos labores administrativas, guardamos el correo, las llaves de algunos vecinos”, relata él. “Incluso, a veces las madres me dejan a sus hijos aquí para que los cuidemos un momento”, añade ella.

Todos coinciden. Son muchas profesiones en una. “Hago de psicólogo, de médico, de lo que sea”, cuenta Francisco desde Puebla de Valles. “Me preguntan por las noticias, incluso, les informo a veces o hasta les guardo el pan”, relata Angelines en Muriel. Es la letra pequeña de desempeñar esta profesión en estos municipios.

“Sin el bar, esto estaría muerto”

Los bares forman parte de nosotros desde hace muchos años, pero en lugares como estos, solo el hecho de sentarse en la barra, se magnifica. Para ellos, es ese momento del día en el que el ruido se agradece, los lazos se afianzan y la soledad que rezuma cada uno de los rincones de estos municipios se llena de compañía.

Y esa es seguramente la parte más importante de esta historia. Porque el bar es ese instrumento que permite que la música aquí siga sonando. Donde todos se han ido yendo, menos él.

¿Te puedes imaginar lo que pasaría si no estuviera este bar? Dorota y Francisco en Puebla de Valles. Angelines en Muriel. Ricardo en Montarrón. Ismael y Elisa en Fuencemillán. Todos y todas coinciden: “Sin el bar, el pueblo desaparecería”.