En los últimos 120 años, los primos más modernos de las tabernas nos han acompañado en grandes y pequeños momentos, desde un brindis cualquiera hasta un gol en el último minuto de la prórroga en la final de un mundial. Y a lo largo de las décadas han cambiado tanto como lo hemos hecho nosotros mismos.

Ocio, comida, reunión, risas, llantos, euforia, conversación… Todo tiene cabida en ese espacio abierto entre la barra y la terraza. Refugio de los juegos más clásicos o espacio de alta tecnología, los bares forman parte de nuestra vida y llevan adaptándose a ella demasiado tiempo como para no rendirles ahora un homenaje. Así han cambiado los bares para seguir siendo ese sitio del que no queremos salir.

La modernidad llega a las tabernas

Desde antes de que Don Quijote confundiese ventas con castillos, desde antes, incluso, de las tabernae vinariae de la Antigua Roma, las tabernas iluminaban cruces de caminos y eran lugar para descansar e intercambiar información. Sin embargo, algo pasó en los albores del siglo XX que elevó la altura de los taburetes y cambió mendrugos de pan por montaditos.

Cuando la modernidad llegó a las tabernas importada de los países sajones alrededor del año 1900, como explica el investigador Carlos Azcoytia, no fue precisamente bien recibida. “Al ciudadano medio le debía parecer inconcebible que alguien pagara una respetable suma por unos minúsculos bocadillos para al final quedarse casi sin comer. Tampoco veían con buenos ojos la moda de sentarse en altos e incómodos taburetes”.

Así de reacios éramos cuando se empezaba a popularizar el concepto bar, una moda extranjera y excesivamente moderna para la mayoría, que buscaba destronar a tabernas y cafeterías. La mayoría estaban hechos a semejanza de los bares parisinos del barrio Latino y aún quedan algunos ejemplos vivos entre nosotros.

A pesar de la modernidad, las viejas costumbres, el tute y el dominó enseguida se empezaron a sentir cómodos en los taburetes altos. Y los intelectuales rápido se asentaron en la barra, desde donde empezaron a cambiar un país que acabaría el siglo XX sin reconocerse apenas en el espejo.

Extraños artilugios toman los bares: Nuevas tecnologías e innovación

Si los primeros bares llegaron de Francia y de la mano de la revolución laboral y la producción en cadena de Estados Unidos, su primer gran lavado de cara tiene más que ver con la maquinización. O, mejor, con la fascinación por las máquinas.

Ante la atenta y desconfiada mirada de los paisanos echando la partida, los primeros pinballs entraron en escena en los años 30. Aunque eran un objeto más común en salas de juego, este artilugio, del que España llegó a tener sus propias patentes, vivió su primera década dorada durante la Segunda República.

Así han evolucionado los bares
El futbolín, parte esencial del mobiliario de un bar. Ilustración: Adrián Vélez

Los complicados años 30, en concreto, el año 1937, también presenciaron el nacimiento del primer juego nacido por y para el bar: el futbolín, que no el fútbol de mesa. El primero es la versión española del segundo, de origen inglés, y, básicamente, se diferencian por el grado de apertura de las piernas de los futbolistas.

Como cuenta Jorge Carreras, del Museo del Juego, su inventor, Alejandro Campos Ramírez, o Alexandre de Fisterra, diseñó un juego para entretener a los niños heridos que no podían jugar al fútbol cuando estaba convaleciente en un hospital de Valencia durante la Guerra Civil. Mientras el inventor gallego se encontraba exiliado en Francia, su invento conquistaba en pocos años los bares y los corazones de los españoles.

En estos años de fuertes contrastes, llegaba a España otro extraño invitado impulsado por la fascinación por las máquinas: el bar automático. El primero en abrir sus puertas, en 1935, fue el Tánger, en lo que hoy es la Gran Vía madrileña, pero entonces se llamaba avenida Pi y Margall. El Bar Automático Tánger y sus réplicas funcionaban como una especie de grandes máquinas expendedoras. Los clientes no veían cocina ni camarero, solo introducían una moneda por la ranura señalada con el rótulo de lo que les apetecía y la máquina cumplía las órdenes.

Era la (primera) gran modernidad para una sociedad que soñaba con ser automática. Sin embargo, no terminó de cuajar, y este tipo de locales, de los que llegó a haber varios en la capital, desaparecía sin rastro a finales de los 40.

Los bares modernos de TV y hamburguesas

En la segunda mitad de los 50 comenzaron a visitar los bares los “señores de Coca-Cola, es decir, los vendedores de la marca, siempre vestidos con su característico traje verde y camisa beige. También fue la década de las modernidades, que a los bares han llegado muchas. Algunas se han ido por la puerta de atrás, pero otras han echado raíces, abrazadas por una sociedad que ya no puede vivir sin ellas, como pasó con la tele.

Entre las primeras familias que adquirieron una televisión, allá por los años 50, muchas tenían un bar y buena visión de negocios. En 1956 había 3.000 televisores en España, casi todos en hogares y establecimientos de Madrid. Ocho años más tarde, había ya más de un millón de receptores repartidos por el país.

“Es significativo resaltar el alcance de la difusión televisiva a partir de los teleclubs”, señala Rueda. El primero de estos locales públicos, a medio camino entre el bar y el centro social, se abría en 1964, y siete años más tarde ya había unos 7.000 repartidos por el país y fueron especialmente populares en Galicia, Asturias, Extremadura y las dos Castillas.

El número de teleclubs decreció rápidamente en los 80, a medida que el televisor se popularizaba y se hacía más asequible, aunque muchos se reconvirtieron en espacios para la comunidad. Hoy, cuando es difícil imaginar un bar sin su pantalla plana y podemos ver la televisión en nuestro teléfono, sobreviven nueve teleclubs al uso, según el Registro del Ministerio del Interior.

Con la televisión ya consolidada, a mediados de los 60, llegó el momento de la hamburguesa. La entrada en escena de este tipo de bocadillo con ketchup, hoy en día algo habitual en muchos bares, se interpretó en el momento como una verdadera revolución, como símbolo del cambio de una sociedad que se dirigía irremediablemente hacia la modernidad.

En la misma década, en el año 1967, nacía en Estados Unidos el videojuego Pong 1972, al que seguiría el éxito de las recreativas, máquinas que colonizarían los locales españoles durante los 70 y principios de los 80. Para el recuerdo quedan ya los fines de semana con videojuegos de 8 bits y cenas de hamburguesa, símbolo de esta tercera generación de bares modernos.

Un futuro gourmet y conectado

Es curioso pensar en que el pinball, el futbolín, la hamburguesa y la televisión fueron alguna vez cosas modernas. Igual que los primeros bares con Internet, los míticos cibercafés, que surgieron como setas mediados los 90. Hoy, cuando casi todo esto ha sido desplazado por una pregunta: “¿Cuál es la clave de la Wifi?”. La primera conexión pública Wifi se probaba en Barcelona en 2003 y, 14 años después, algunos estudios aseguran que cuatro de cada 10 clientes valora ya más la Wifi gratis del bar que la calidad del servicio.

Aun así, un grupo de irreductibles bares se resiste a la moda inalámbrica, de la misma forma que se resisten a la revolución gourmet de las tapas. En un nuevo paso hacia la modernidad, a la croqueta de la abuela se le ha puesto boletus y los dátiles con panceta han evolucionado en cecina con membrillo y foie. Pero al igual que un día hubo bares sin recreativas e, incluso, bares sin televisión, también hoy siguen quedando sitios que sirven platos más tradicionales como las gambas en gabardina o las banderillas.

Y en esas seguimos ya bien entrado el siglo XXI, muy lejos del mundo que vio nacer a los bares. Sin embargo, parece que, allá donde vaya la sociedad, la perseguirán los taburetes altos y el futbolín. Una sociedad que, palillo en boca, tuitea sobre patatas bravas mientras espera para echar un tute antes del partido que, claro, verá en una smart TV de alta definición mientras come pipas y, si hay suerte, alguna croqueta (de las de jamón).