"El fiestas", "La pupas", "La rizos"... los motes forman parte de la idiosincrasia española, ya sea en el grupo de amigos, en el pueblo o incluso en internet. Pero no creáis que esto es algo reciente ni mucho menos, la tradición de los motes en España se remonta muchos siglos atrás.

Ya en el siglo IX se conocía popularmente a Alfonso II de Asturias como "El casto", pues a pesar de estar casado, jamás llegó a consumar el matrimonio. También son muy conocidos los sobrenombres de otros reyes, como Pedro IV de Aragón (S.XIV), apodado "El ceremonioso" porque llegó a promulgar el Libro de Ordenaciones de la Casa de Aragón para dejar por escrito los protocolos a seguir en todo tipo de situación, y tampoco se quedan atrás Felipe I "El hermoso" (S. XVI), Felipe IV "El pasmado" (S.XVII) o Carlos IV, "El consentidor" (S.XVIII), por citar algunos.

©Felipe "el Pasmado", a la izquierda, y Felipe "el Hermoso", a la derecha

Pero no sólo los reyes han tenido apodos. Seguro que pocos saben quién es Manuel Benítez, pero reconocen enseguida el mote de "El Cordobés". Lo mismo ocurre con artistas como "El Greco", cuyo nombre real era Doménikos Theotokópoulos, o muchos futbolistas: "El Flaco" (Johan Cruyff), "La Saeta Rubia" (Di Estéfano), "La pulga" (Lionel Messi) o "El niño" (Fernando Torres). 

La apodonimia debe su razón de ser al crecimiento continuo de la población y a factores sociológicos. La cantidad de nombres de pila era limitada, de ahí que surgiera la necesidad del primer apellido, y ya desde comienzos del siglo XIX, la generalización de un segundo apellido (o el "middle name" en los países anglosajones). 

Aun así, era necesario un tercer elemento, el mote, de carácter alegal, único y personal de cada individuo. Sin embargo, además de servir como diferenciadores, a los motes también se les reconoce un carácter socializador. 

Es, pues, fácil comprender que haya a quien solo se le conoce por el mote, quedando su nombre relegado a cuestiones meramente legales. De hecho, hay casos en los que llega a tal extremo que hay pueblos enteros en los que solo conocen a sus convecinos por sus apodos. 

©Foto: Nationaal Archief. Es fácil imaginarse por qué a Johan Cruyff lo llamaban "el flaco"


La auténtica guía telefónica de Villanueva del Trabuco

Hace una década, a Gregorio Enamorado se le ocurrió la genial idea de editar un listín telefónico muy especial con los habitantes su pueblo, Villanueva del Trabuco, en Málaga. Cansado de no encontrar a sus amigos y conocidos a través de las páginas blancas, decidió recopilar los motes y apodos de sus conciudadanos y reunirlos en una guía. 

Así que en sus páginas, en vez de nombres y apellidos, los trabuqueños encuentran motes como Anacleto el Borrico, Culo Goma, Tarzán, El Toto, La de Chicharrones, El Limpio, El Chinches, Buscavías, Sartenes, El de los Pollos o Gregorio de Goro, el propio autor del libro, que cuenta que "mi apodo viene de mi abuelo, que se llamaba también Gregorio y le rompieron por Goro. Mi padre, Joseíto el Goro, asumió su mote, que ahora me identifica a mí".

Y es que muchos motes se heredan y se llevan con orgullo. Por ejemplo, Gracia María Conejo no tiene tapujos en reconocer a Diario Sur que a ella la llaman "La Corrilla", un apodo que heredó de su abuelo, que se dedicaba a la compra-venta de inmuebles como corredor. También cuenta que "A mi marido, como no paraba de preguntar, lo llaman "el Pregunta" y a mi hijo, el de "Rafael Pregunta". Incluso hay quien se traé el mote de otro pueblo y pide que se le siga llamando así. 

Tal fue el éxito de la guía, que los 2.000 ejemplares se agotaron en apenas una semana. 

©Hay pueblos en los que la gente solo se conoce por el mote

Cedillo también tiene su guía oficial de motes

Una idea similar a la de Villanueva tuvo Antonio González, alcalde de Cedillo, en Cáceres. Buscando la manera de eliminar la confusión que provocaba que dos vecinos con el mismo nombre y apellidos vivieran en la misma calle, optó por editar la guía oficial de motes de sus 600 habitantes, con un añadido: aquí las calles también tenían apodos, porque la gente no se conoce los nombres oficiales. Así, por ejemplo, la calle Marqués de Guadalcázar es "la de la Iglesia" y la calle Comandante "la de la tienda de Juana". 

«La guía nació como un servicio propio. Nada de querer hacer la gracia o algo extraño, como parece que se está viendo a nivel nacional», asegura Antonio a El Mundo. Él está registrado en el libro como Boti, «que es diminutivo de botines», dice entre risas. «Cuando era pequeño, mi madre me compró unos botines en Cáceres y taconeaban al andar. Yo, me paseaba por el pueblo con ellos haciendo ruido; y un primo hermano empezó a llamarme Botines», recuerda orgulloso de su alias, que utilizó incluso en plena campaña electoral, en 1987, con el PC: Vota Boti. Boti alcalde.

También tiene su historia el mote de Jacinta "la de Manuel Azaña". "Eso me viene de mi marido que, como en la Guerra Civil siempre estaba de mal humor, dos parientes del pueblo le pusieron Manuel Azaña.Y yo me quedé con la parte de la mujer», recuerda, que asegura que nadie en el pueblo se sabe su apellido real.

En general, la guía fue tomada con alegría y buen humor en el pueblo, con apodos como Lagachá, Talega, Pelfas, Raspa, Moquito, Sic-sac o Pesi, aunque algún vecino pidió no aparecer con el mote por tener un significado peyorativo, como "el calvo" o "el cojo", algo que no acaba de entender el alcalde, porque "así es como les conocemos todos".

Internet y el resurgir de los motes


Internet, y la necesidad de crear un usuario único para cada servicio (por ejemplo, para Youtube, Twitter o Instagram) ha supuesto el resurgir de los motes, también conocidos como nicknames, que en muchas ocasiones nos acompañaran durante toda nuestra vida digital.

Por ejemplo, Rubén Doblás es posible que no nos suene de nada, pero si mencionamos "El Rubius" enseguida nos viene a la mente el famoso Youtuber, protagonista de la última campaña de Fanta.  

Aquí, no obstante, hay una diferencia importante, y es que el mote, generalmente, nos es impuesto: bien porque lo heredamos o porque alguien, en algún momento, tuvo la ocurrencia de llamarnos así por algo que hicimos o en lo que se fijó. 

Sin embargo, nuestro nombre de usuario lo elegimos nosotros: aunque a veces resulta complicado encontrar uno original o con el que nos sintamos identificamos y que no esté ya cogido. Al final lo mejor es seguir con el mote, que es como se nos conoce.