Un día de 1967, en Phoenix (EE UU), una mujer con nueve hijos cuenta al voluntario jubilado John Van Hengel que, pese a estar su marido en prisión, consigue dar de comer a sus vástagos recogiendo de madrugada los alimentos que caen al suelo durante la carga y descarga de camiones en un supermercado. Esta confesión inspira a Van Hengel a ir más allá, y comienza a organizar recogidas de comida excedente en distintos supermercados, creando así el primer banco de alimentos y un movimiento que se extiende hoy por todo el mundo.

“Quienes lo están pasando mal tienen que saber que no están solos. Jamás he estado tan bien pagado en mi vida. Vengo con una sonrisa y me voy con dos”, afirma Josito, voluntario del Banco de Alimentos de Madrid, uno de los 55 que hay en España. Todos ellos están agrupados en la Federación Española de Bancos de Alimentos, que precisamente será la encargada de distribuir lo recaudado en la subasta Botella Solidaria organizada por Coca-Cola. No es de extrañar que Josito venga con una sonrisa y se vaya con dos. Él y los otros 350 voluntarios fijos que tiene el banco reparten cada día entre 60.000 y 70.000 kilos de alimentos a las más de 530 entidades benéficas con las que trabajan.

El Banco de Alimentos de Madrid tiene cuatro almacenes y uno de ellos, el situado en la carretera de Colmenar Viejo, es también su sede. En ella, las caras son alegres y el ambiente es distendido, entusiasta. “Somos parte de la solución y tenemos que estar contentos por ello”, dice uno de los voluntarios, la mayoría hombres prejubilados o jubilados que vienen al banco una media de tres días por semana y que, además de su ilusión y generosidad, ponen su extensa experiencia profesional al servicio de los demás.

"Te sientes útil y encima te dan las gracias"

Jaime era propietario de un astillero en Tarragona e iba y venía a Madrid frecuentemente hasta que se jubiló. Ahora forma parte del departamento de Logística de Frutas y Verduras del banco. “Es una forma de devolver a la sociedad lo mucho que me ha dado.Y disfruto un montón en este puesto porque estoy en contacto con la gente. Vienen los beneficiarios, les ayudas a cargar los alimentos, te cuentan sus alegrías, sus penas, y encima te dan las gracias. Te sientes útil. Es muy reconfortante”, explica emocionado.  

Antes de almacenar y distribuir los alimentos, se clasifican. De ello se encarga un nutrido grupo de voluntarios. “Cada uno sabe lo que tiene que hacer. Aquí no manda nadie”, dice Nicolás. “Por eso funcionamos tan bien”, apostilla Carmen, quien se apresura a puntualizar que “no nos sentimos más buenos por hacer esto; sencillamente los que no lo necesitamos creemos que tenemos que hacer algo por los que sí lo necesitan en este momento”.

Una satisfacción personal que en muchos casos también es física: cada palé que cargan de alimentos ya clasificados soporta 640 kilos de peso, y eso les ayuda a estar en forma. “Es un pilates único. Cuando me voy en verano, noto que pierdo masa muscular”, bromea José Ignacio, de 86 años, el decano de todos los voluntarios, pues el más mayor, Eduardo Berzosa, de 96 años, apenas va ya.


Una labor "que engancha"

Atraer a los voluntarios al banco es bastante fácil. “Vienen a ver qué pasa y terminan enganchados”, como asegura Justo, el responsable de esta tarea. “Sencillamente, les contamos la realidad: que, en contra de lo que se piensa, esto no se resuelve solo con los poderes públicos; es necesario el asociacionismo y las ONG. Y todos se acaban convenciendo de esta necesidad”.

El objetivo este año es llegar a los 20 millones de kilos de alimentos entregados. Y seguro que lo consiguen. No será por falta de empeño: la actividad es incesante en este complejo engranaje de voluntades que demuestra que hay mucha más gente de la que se cree repartiendo felicidad. Su alma la resume muy bien una viñeta que cuelga en una de las salas. En ella, un nieto pregunta a su abuelo en qué trabaja. “En un banco”, responde él. “¿Y te pagan bien?". "Sí, con sonrisas”.