Al espeleólogo Cecilio López, que en 2014 fue rescatado por sus compañeros tras 13 días atrapado a 400 metros de profundidad en Perú, no le atraían las cuevas. “Un amigo me dijo: ‘Entra en una, que te van a encantar’. Lo hice, y me cautivaron. De eso hace ya 26 años”, cuenta a los 100 jóvenes del primero de los dos campus de la 5ª edición de GIRA jóvenes Coca-Cola celebrado entre el 1 y el 4 de abril en medio de la naturaleza en Madrid.

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“A veces avanzas por la cueva y te encuentras con pasillos muy estrechos en los que apenas cabes, pero no te paras, sigues, y acabas llegando a lugares impresionantes, auténticos premios”, continúa López, para quien la espeleología es fundamentalmente “curiosidad y capacidad de sacrificio y de trabajo en equipo”.

Algo que también necesitan los chicos y chicas del GIRA jóvenes Coca-Cola -que da herramientas a los jóvenes con menos oportunidades para construir su propio futuro- si quieren encontrar un empleo y mantenerlo. Cualidades que reúnen Crístofer y Pablo,que participaron en la edición del año pasado y ahora son los primeros “embajadores GIRA jóvenes Coca-Cola”, junto a otros dos compañeros. “Nuestra función aquí en el campus es ayudar a que todo se les haga más fácil. Nosotros ya lo vivimos el año pasado y entendemos muy bien cómo se sienten. Les explicamos que no se agobien con tanta gente y de tantas nacionalidades, que van a disfrutar y pueden tener una oportunidad laboral”, señala Crístofer.

Él y Pablo la tuvieron. Crístofer en el Teatro Real y Pablo en la Copa Coca-Cola de Tenis y uno de los conciertos Coca-Cola Music Experience. Hoy, Crístofer realiza un curso de ayudante de camarero a cargo de una empresa de hostelería, en la que espera ser contratado. Pablo quería compatibilizar sus estudios de Grado Medio en Informática con un trabajo. “Fue dejar GIRA y, en la primera entrevista, ¡me cogieron!”, exclama. Ahora trabaja en un colegio como monitor de actividades extraescolares con niños de 5-6 años, aunando, según afirma, sus dos vocaciones: la educación y el deporte.

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©Los "embajadores" Pablo (izquierda) y Crístofer durante el campus.


Rompiendo barreras

Durante los cuatro días y tres noches que dura el campus, los jóvenes aprenden a autoconocerse y saber qué distingue a los buenos profesionales para caminar con más confianza por la vida y el mundo laboral. Y lo hacen a través de talleres, charlas inspiradoras y actividades lúdicas diseñados y dirigidos por cinco “facilitadores”, coaches de formación.

Enrique Marco es su coordinador. “Lo más bonito de nuestra labor es que se cumple el objetivo: los chicos toman conciencia de que han de responsabilizarse de sus propias vidas, y en eso tener un oficio o una profesión es fundamental; que han de creer en sí mismos, superar sus pensamientos limitantes, que su pasado no determine su futuro”, manifiesta. “Cuando sacas a la gente de sus contextos habituales, generas espacios en los que se abstraen de su realidad, hacen un kit kat en su vida, se obran grandes cambios”, subraya.

En ese proceso, caen muchas barreras personales, pero también sociales. “Se rompen infinidad de prejuicios. Muchos chicos comentaban al principio: ‘aquí hay gente que de primeras no me hubiera permitido conocer. Mi prejuicio era mayor que mi capacidad de comunicarme con ellos”, indica el facilitador Roberto López.

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©Foto de familia del primer campus GIRA jóvenes Coca-Cola 2016.


"Les di toda mi positividad y aquí están”

Vivencias que corroboran los propios participantes. “El campus tendría que durar mínimo un mes, nos queremos conocer más”; “te ayuda a ver las cualidades que tienes, a superar miedos e inseguridades”; “hace que confíes en ti mismo, pero también en los otros”, apuntan Rebeca, Melissa y Kevin. Pablo y Crístofer se ven reflejados en ellos. “Lo más difícil fue relacionarme, el miedo a no encajar. Siempre he sido una persona muy insegura, pero el campus me ayudó a abrirme a otras personas y al mundo laboral”, reconoce Pablo. Para Crísfofer, supuso “un cambio radical. Me sirvió para soltarme, quitarme miedos y ponerme las pilas en el tema del trabajo”.

Este joven de 21 años está especialmente contento. Ha convencido a dos amigos y un conocido de que acudan al campus. “No querían y les dije: ‘venga, que aunque cuesta, va a ser de una ayuda muy grande’. Les di toda mi positividad y aquí están”. Hoy, Crístofer es como ese amigo de Cecilio López que, hace ya 26 años, le animó a adentrarse en la cueva. Si el espeleólogo no lo hubiera hecho, probablemente se habría quedado sin descubrir su pasión.