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Spock, el vulcaniano ultrarracionalista de Star Trek que evita siempre las emociones y la diversión, por considerarlas pérdidas de tiempo, a menudo sentenciaba que la verdadera inteligencia nacía en exclusiva del neocórtex, la parte de nuestro cerebro que se dedica a los pensamientos lógicos.

Sin embargo, la psicología moderna nos ha demostrado que la idea de Spock solo funcionaría con los vulcanianos, no con los seres humanos. Nuestro neocórtex está íntimamente conectado con el sistema límbico, así como con otras regiones más primitivas de nuestro cerebro donde residen nuestras emociones. Estas son las que finalmente nos incentivan a hacer cosas, ambicionar objetivos, proyectar metas. Una mente únicamente razonadora no hallaría ninguna motivación para seguir adelante. Y tampoco sería feliz.

Además, muchas de nuestras vicisitudes son tan complejas que someterlas al escrutinio exclusivo de la razón nos supondría horas o días de reflexión para cada mínima toma de decisiones cotidiana. Para evitar esto, nuestro cerebro emplea la intuición o el pálpito como atajo, y evita reducir nuestra conducta a modelos matemáticos.

En consecuencia, nuestro cerebro funciona mucho mejor si compaginamos ambas dimensiones, la racional y la emocional, la intelectual y la lúdica. Es decir, cuando está feliz y evita el estrés, porque el verdaderohomo sapiens también necesita ser un poco homo ludens. Así seremos mucho más competentes y eficientes que Spock en diversos ámbitos de nuestra vida, como los siguientes:

Reflexión pasiva

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Resulta crucial dedicarnos tiempo a nosotros mismos, meditar sobre nuestra vida y reflexionar sobre asuntos importantes. Pero conocernos mejor a nosotros mismos no tiene por qué estar necesariamente asociado a sentarse en posición de loto o retirarse a un monasterio. De hecho, cuando mejor pensamos es cuando estamos haciendo otras cosas, como pasear, salir a correr o escuchar música, o incluso actividades rutinarias como conducir, cepillarnos los dientes o lavar los platos.

Desconectar y dar rienda suelta a nuestra faceta homo ludens, no significa solamente entregarse a la diversión o la molicie, sino hacer cosas que permitan a nuestro cerebro pensar, algo que no sería posible en otras actividades de mayor carga cognitiva. A menudo, de hecho, si tenemos algún problema de difícil solución, basta con desconectar de él y dedicarse a otras actividades para que la solución surja por sí sola al poco tiempo: nuestro cerebro ha estado dedicándose a él inconscientemente, tal y como han demostrado psicólogos como Timothy Wilson.

Cuando nuestras mentes están relajadas u ocupadas en quehaceres menores, ello permite a la maquinaria de nuestro subconsciente trabajar por nosotros. Por ello en compañías como Google o Pixar no es extraño que abunden las zonas de ocio, donde encontramos videojuegos o hamacas para hacer una siesta, a fin de que los trabajadores relajen sus mentes mientras la creatividad subyacente sigue su curso.

Trabajo con pausas

Nuestra capacidad de concentración se desmorona a medida que transcurre el tiempo, así que, si aspiramos a ser verdaderamente productivos en el trabajo, debemos olvidarnos de las jornadas maratonianas ininterrumpidas. Cada poco tiempo hay que tomarse un descanso, permitir que nuestro cerebro se centre en otros asuntos que requieran menos presión cognitiva.

Por ejemplo, según la Técnica Pomodoro, desarrollada por Francesco Cirillo a finales de 1980, deberíamos dividir el tiempo invertido en un trabajo en intervalos de 25 minutos separados por pausas.

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Estudiar durmiendo

Uno de los grandes problemas del sistema educativo actual es que considera al alumno como un actor pasivo en el que debe introducirse la información. Sin embargo, la forma más rápida y duradera de adquirir nuevos conocimientos consiste en participar activamente en ellos, donde aprender y jugar se confunden.

En Coursera, por ejemplo, una institución de cursos abiertos y masivos por internet que colabora actualmente con 97 universidades, se emiten segmentos de vídeo de diez minutos de duración. Estos cursos son presentados por un profesor ayudándose de efectos visuales y gráficos, a fin de que la clase sea más atractiva y divertida. Más tarde, los estudiantes responden a una serie de preguntas sobre la lección de un modo que recuerda a un videojuego, pues puntúan de forma automática. Tal y como explica Jeremy Rifkin,sociólogo y economista, en su libro La sociedad del coste marginal cero:

Los estudios realizados indican que estos test son alicientes que refuerzan el compromiso de los estudiantes, y hacen del curso un juego intelectual en lugar de algo monótono y pesado que se debe soportar.

A la hora de estudiar para un examen, tampoco resulta tan efectivo hacerlo la noche anterior como hacerlo unos días antes, intercalando actividades cada cierto tiempo para desconectar de la memorización de datos. Como buenos homo ludens, la manera de consolidar los nuevos conocimientos pasa por dormir lo suficiente.

Diversos estudios, como el publicado en la revista Child Development, sugieren que recordaremos mejor la respuesta a un examen si la noche anterior hemos dormido las suficientes horas, ya que mientras dormimos nuestro cerebro reorganiza los nuevos datos que ha obtenido durante el día, como un hacendoso bibliotecario.

Inteligencia brillante

Para ser inteligentes no solo es necesario hacer gimnasia mental, es decir, leer muchos libros o favorecer la reflexión o la resolución de problemas. El buen funcionamiento del cerebro depende también del equilibrio emocional. De hecho, Investigadores de la Universidad de Yale han publicado un estudio en Nature Medicine que sugiere que la depresión y el estrés crónico pueden reducir el volumen cerebral debido a una pérdida de conexiones neuronales. Para ser inteligente hay que pasarlo bien.

Juicios ecuánimes

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Cuando debemos discutir un asunto con alguien o determinar el grado de culpabilidad o responsabilidad de algún suceso luctuoso, no siempre somos igualmente ecuánimes. De hecho, depende bastante de nuestro juicio el hecho de que hayamos comido (es decir, no tengamos hambre y/o bajos niveles de glucosa en sangre) o estemos descansados. Cuando el trabajo se acumula,  dejamos de ser tan racionales y nos dejamos llevar más por los juicios rápidos.

Para evitarlo, es conveniente distraerse, comer, desconectar, dormir o evitar estar enfrascados en tales elucubraciones demasiado tiempo. El consejo popular de consultar con la almohada fue probado experimentalmente en un estudio de Shai Danziger (de la Universidad de Tel Aviv), Jonathan Levav (de la Universidad de Stanford) y Liora Avnaim-Pesso (de la Universidad Ben-Gurion del Negev), que concluye que los jueces que son miembros de juntas de libertad condicional conceden dicha libertad con más frecuencia cuando están más descansados. Para ello, los investigadores estudiaron numerosas resoluciones sobre libertad condicional en Israel.

Reírse más para sentirse mejor

Divertirse, ver películas que nos hagan reír o jugar a cosas que nos entretengan no solo nos permitirá combatir mejor nuestras enfermedades, sino que evitará que enfermemos con tanta frecuencia.

La práctica médica no puede reducirse exclusivamente a llevar a cabo procedimientos técnicos basados en diagnósticos. Está demostrado que nuestra parte más emocional debe invocarse en los procesos de recuperación en los hospitales: la risa tiene efectos positivos tanto a nivel fisiológico como psicológico en la percepción del dolor, lo que convierte a las terapias emocionales en una parte importante de los tratamientos, complementaria a los fármacos. Por ejemplo, Roberto Brioschi, psicólogo jefe del Departamento de Dolor y Medicina Psicosomática de la clínica Bad Zurzach (Suiza), ofrece tratamientos que incluyen terapias conductuales basadas en el humor.

En 2005, Michael Miller y sus colegas de la Universidad de Maryland establecieron una relación entre ver películas cómicas y el estado interior de los vasos sanguíneos. Tal y como explica Richard Wiseman, investigador y profesor de Entendimiento Público de Psicología en la Universidad de Hertfordshire, en su libro Rarología:

A los participantes se les mostraron escenas de películas que podrían hacerles sentir ansiedad (tal como los treinta minutos iniciales de “Salvar al soldado Ryan”) o reír (como la escena del “orgasmo” de “Cuando Harry encontró a Sally”). El flujo sanguíneo de los participantes se redujo alrededor de un 35% de media tras ver las películas que causaban ansiedad, pero se incrementó alrededor de un 22% después del material más humorístico.

James Rotton, de la Universidad de Florida, también ha analizado los efectos de diferentes tipos de películas, según fueran divertidas o serias, sobre pacientes hospitalarios que se recuperaban de una cirugía ortopédica. Los investigadores monitorizaron la cantidad de calmantes que los pacientes consumieron a través de una bomba autocontrolada, y los que vieron películas cómicas, como Agárralo como puedas o Los productores, usaron un 60% menos de calmantes respecto a los que vieron películas serias, como Brigadoon o Casablanca.

En definitiva, el ser humano no es razón pura ni emoción pura, sino una mezcla de ambas facetas. Y, sobre todo, es un mamífero inteligente que, como los chimpancés, necesita jugar, ya sea para socializar, para permitir que la mente lleve a cabo otros procesos importantes o para estar más satisfecho con la vida.