¿Quién no es o no conoce a un Rodríguez, un López o un Martínez? Es fácil:  926.148 españoles tienen Rodríguez, por ejemplo, como primer apellido, 934.360 como segundo y 43.397 en ambos casos, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), que sitúa a Rodríguez, Fernández, López, Martínez y Sánchez en lo alto de la lista de los apellidos más frecuentes.

Por eso, estos cinco apellidos se han incluido el doble de veces que el resto en la campaña Comparte una Coca-Cola con...en la que, además de poder encontrar tu nombre en las latas de Coca-Cola, puedes leer tu apellido en las botellas PET de dos litros. ¿Pero alguna vez te has preguntado de dónde vienen estos apellidos tan extendidos?

Los apellidos patronímicos

La gran mayoría de los apellidos usados en las lenguas de origen europeo proceden de nombres propios o de pila, lugares, oficios o características físicas de quienes nos precedieron.

Los apellidos más habituales en España son los llamados apellidos patronímicos: nombres propios que, por la adición de algún sufijo especial, pasaron a ser un nombre de familia.

En el antiguo Reino de Castilla, se utilizó principalmente la desinencia "ez", aunque también era frecuente “oz”. Y ambas equivalen a “hijo de” o “descendiente de”. Así, Rodríguez es “el hijo de Rodrigo”; Fernández, “el hijo de Fernando”; López, “el hijo de Lope”; Martínez, “el hijo de Martín”; y Sánchez, “el hijo de Sancho”.

Los patronímicos surgieron como una fórmula sencilla para distinguir a las personas con un mismo nombre de pila: Juan Martínez, es decir, Juan el hijo de Martín, se diferenciaba de Juan López o de Juan Sánchez. Con el tiempo dejaron de transmitirse con modificaciones, se hicieron fijos y pasaron a ser como cualquier otro sobrenombre, perdiendo su función original. Si a esto sumamos el crecimiento de los núcleos de población, comenzó a ser difícil diferenciar a tantas personas que se llamaban igual, de modo que se amplió la fórmula nombre + patronímico. Juan Martínez era ahora Juan Martínez, el viejo; Juan Martínez, el rubio; o Juan Martínez de Sevilla. Los apodos, la edad, el origen geográfico u otros apellidos familiares se emplearon libremente para distinguir a las personas homónimas.

Sin linaje definido

De hecho, la doble denominación fue tan útil que, en 1870, se impuso legalmente. Primero se colocaba el apellido del padre y después el de la madre, surgiendo cientos de combinaciones reiteradas: Rodríguez Rodríguez, López Sánchez, González Martínez… En 1999, la legislación permitió cambiar el orden de los apellidos.

Al ser adoptados masivamente por la población, los patronímicos no cuentan con un origen común ni un linaje definido, no existiendo un escudo único para el apellido. Sin embargo, son tan dignos de admiración como los poco frecuentes y distinguidos.

La pega es que, si queremos encontrar a nuestros Rodríguez, Fernández, López, Martínez o Sánchez, en cada generación nos toparemos con decenas de familias que se apellidan igual, lo que puede desanimar a la investigación genealógica. Es difícil, pero no imposible. Los apellidos aparentemente sin trascendencia también esconden historias familiares realmente sorprendentes.