Hace miles de años, cuando Prometeo robó el fuego a los dioses, no imaginó que su secreto acabaría así. Desde entonces, o puede incluso que desde antes, el fuego ha sido algo mágico para el hombre, un puente entre los dioses y la tierra. Por eso los griegos, siempre mirando de reojo al Olimpo, quisieron simbolizar la presencia divina en los Juegos Olímpicos de la antigüedad mediante la antorcha o llama olímpica.

La tradición fue recuperada para Ámsterdam 1928, ya en el formato olímpico moderno, y se ha convertido en todo un fenómeno internacional. Cada cuatro años, la llama se sigue encendiendo en Olimpia, a los pies del monte Cronio, donde se celebraron los primeros Juegos. Y así, se sigue respetando a aquellos dioses antiguos a los que les robamos el fuego.

Casi tres milenios después, la antorcha olímpica apura los días antes de la inauguración de los Juegos de Río 2016. Ha viajado más de 20.000 kilómetros por tierra y 16.000 por mar, visitando 320 pueblos y ciudades, en la primera ruta de relevos que se ha celebrado en su totalidad en América del Sur.

una inspiración para el deporte en su viaje a Río 2016

©Coca-Cola Brasil


Hoy los dioses son otros, y organizar semejante ruta ha requerido de un equipo de casi 400 personas en los que se incluyen los comités olímpicos locales y muchos patrocinadores, entre los que se encuentra Coca-Cola Brasil.

A lo largo del recorrido de la caravana, las experiencias han sido muy variadas. Muchos se acercan a sacar fotos – más bien selfies - o a correr un rato al lado de sus ídolos. Incluso hay pequeños pueblos que han declarado festivo el día en que la llama olímpica les hacía una visita. El entusiasmo se diluye en las grandes ciudades, pero aun así muchos se acercan, curiosos, a observar el símbolo del espíritu olímpico.

El beso olímpico

Cada mañana, la maquinaria se pone en marcha mucho antes de que arranque la caravana. Para cuando se produce el relevo y una antorcha se enciende con la anterior, el llamado beso olímpico, atletas y organizadores llevan ya unas horas a pleno rendimiento. Todo a punto para un nuevo día que llevará al equipo un poco más cerca de Río de Janeiro. Un equipo con un único objetivo: que no se apague el fuego.

La caravana que persigue a los atletas está formada por decenas de vehículos de los patrocinadores. Música, baile y color rodean a la antorcha durante las más de 100 veces al día que se repite el beso olímpico. De hecho, el dispositivo en el que la llama se pasea por América del Sur poco tiene que ver con una antorcha al uso. Es diseño de alta tecnología, y después de cada relevo se apaga, se enfría y se vacía de combustible, por razones de seguridad.

una inspiración para el deporte en su viaje a Río 2016

©Coca-Cola Brasil

En medio de este trajín que pasea a la llama del Olimpo por todo el continente, algunas poblaciones se convierten en oasis de descanso. Aquí, el convoy se para y celebra conciertos, bailes y diferentes actividades para suerte de vecinos y curiosos. Coca-Cola Brasil también está presente en estos pueblos dormitorio, a través de un espacio en el que distribuye objetos conmemorativos y refrescos y como patrocinador de los DJs a cargo del ritmo.

Todo esto, con la música de fondo del que se ha convertido ya en himno del viaje de la antorcha olímpica. Las palabras de Luiz Gonzaga en A Vida do Viajante, actualizadas en las voces de Marcelo Jeneci, Luan Forró Estilizado, César Menotti e Fabiano, Roberta Sá, MC Koringa y Malta, recuerdan el espíritu de un inmenso país que vive con expectación la llegada de los Juegos.

“Mi vida es caminar a través de este país / para ver si un día descanso feliz / guardando los recuerdos de las tierras por las que pasé / de los desiertos por los que caminé y de los amigos que allí dejé”, dice, traducido del portugués. Un tema de 1953 cuyo mensaje se ha vuelto viral en la era de YouTube.


De la mano con la llama olímpica

Volviendo sobre los pasos de la historia, la antorcha olímpica se sigue encendiendo según marca la tradición clásica. En Olimpia, la llama original se prende a través de una skafia, un espejo que, a modo de lupa, converge los rayos solares y enciende la antorcha sin intervención humana. Así, decían los griegos, se mantenía la pureza divina del fuego.

También así, o al menos intentándolo, se hace hoy en día. La primera vez que se recuperó la tradición al completo fue en Berlín en 1936, pero la llama olímpica ya había iluminado antes los Juegos de Amsterdam 1928 y Los Ángeles 1932. Sin embargo, en estos casos, la antorcha se encendió directamente el día de la inauguración y sin skafia. De hecho, en Amsterdam la encendió un empleado de la compañía del gas.

Sin dejar que esta historia de tintes míticos pierda su magia, fue, precisamente, en la capital holandesa, cuando arrancó lacolaboración entre Coca-Cola y los Juegos. Un patrocinio que se ha convertido en la relación más duradera entre el espíritu olímpico y un socio comercial. Desde Barcelona 92, Coca-Cola también colabora en la ruta de la antorcha olímpica.

Con la de Río 2016 ya van 11 ocasiones. Para esta edición, se han repartido casi un millón y medio de refrescos y cientos de miles de objetos que reflejan la unión de Coca-Cola y los Juegos. Como decíamos al principio, algo difícil de imaginar para el titán Prometeo, por muy cerca de los dioses que se encontrase.