Quién no tiene un tío que coleccione sellos o un cuñado que acumule monedas del mundo. La filatelia y la numismática son palabras que nos suenan a casi todos, pero, ¿y la glucofilia o la ululofilia? Porque sí, hay colecciones de sobres de azúcar, de figurillas de búhos y, en realidad, de cualquier cosa imaginable.

Los hay que guardan corchos de vino y discos de vinilo, imanes o minerales. Pero, al final, lo que todo coleccionista guarda en su estantería son pequeños momentos. Instantes de la historia.

“Alguien te dice, esta botella de Coca-Cola es igual a cualquier otra. Pero tú sabes que no, que es única, porque conoces su historia”, explica Frederic Garriga, presidente del Club de Coleccionistas de Coca-Cola en España, mientras recuerda uno de sus objetos más preciados: la botella de los Juegos Olímpicos de Moscú.

Corría el año 1980 y Estados Unidos decidió boicotear los Juegos después de que la Unión Soviética hubiese invadido Afganistán. Coca-Cola, como patrocinador del evento, ya tenía un gran número de botellas conmemorativas preparadas. Y, claro, las tuvo que destruir. “Pero siempre hay alguien que se guarda una caja debajo de la cama”, señala Garriga.

El coleccionismo de objetos relacionados con la bebida de Atlanta es una afición consolidada. Aunque los clubes oficiales empezaron en Estados Unidos, España fue uno de los países pioneros y cuenta con una agrupación de coleccionistas desde 1994.

“El boom vino con Barcelona 92. Coca-Cola tiene una gran relevancia en los eventos deportivos y así nos fuimos conociendo y formamos el núcleo grande del club. Entonces no teníamos internet, pero el ‘boca a boca’ funcionó y el club fue creciendo”, recuerda Garriga, que, aunque es presidente desde hace solo un año, lleva metido en el ajo desde el principio.

Hoy en día, el Club de Coleccionistas de Coca-Cola cuenta con cerca de 110 socios con carnet. Empezó como algo bastante local, en Barcelona y Cataluña, pero el fin de semana del 4 y 5 de junio celebra su convención más internacional, con más de 30 coleccionistas llegados de diferentes partes del globo.

China, México, Canadá, Francia o Italia estarán representados en el evento, que tendrá como punto fuerte la feria de intercambio y compra-venta de objetos del domingo, en Terrassa.

“Ahora están de moda las botellas de aluminio, pero se podrá encontrar casi cualquier objeto”. Según Garriga, entre los más preciados están las placas de porcelana de principios del siglo XX, las primeras botellas de cuando Coca-Cola todavía se vendía en farmacia, o los calendarios de finales del XIX. “Por una sola hoja he visto pagar más de 1.000 dólares”.

Aunque la negociación y la adquisición de nuevos objetos están en la esencia de todo coleccionista, la convención de este fin de semana será mucho más que una simple feria. Por primera vez, el evento se extenderá durante tres días y contará con visitas a algunas de las mejores colecciones de España y cenas de confraternización.

“Veremos la colección de Antonio Martínez, la más completa en cuanto a variedad, y la de Rafael González, que tiene casi 6.000 botellas. Xavi [el vicepresidente del Club] y yo ‘solo’ estamos en 3.000 botellas”. Pero, como buen coleccionista, Frederic Garriga no cambia su colección por ninguna.

Y recuerda con orgullo, mientras ultima los preparativos de la convención, otro de los objetos a los que más cariño le tiene: la lata del espacio.

La colección de Garriga se centra en botellas de vidrio, pero estas latas son muy especiales. Se hicieron para el transbordador espacial Challenger, cuyo accidente, en enero de 1986, dio la vuelta al mundo. Fueron diseñadas para poder beber Coca-Cola en gravedad 0 y están escritas en inglés y en ruso. Y existen, como mucho, 50 ejemplares en el mundo. Medio centenar de refrescos para la historia.