Año 1915. Coca-Cola lleva embotellando su popular refresco desde el cambio de siglo, y cuenta ya con más de 1.200 acuerdos a lo largo y ancho de todos los Estados Unidos. Sin embargo, a punto de cumplirse 30 años desde que en 1886 comenzara a venderse por cinco centavos en una farmacia de Atlanta, Coca-Cola se enfrenta a un importante reto: los imitadores.

A pesar de los intentos de evitar la confusión de los consumidores con la introducción de una etiqueta con forma de diamante en 1906, en esa época existían en el mercado una gran variedad de bebidas con nombres similares nacidas al calor del éxito de Coca-Cola: Koka-Nola, Ma Coca-Co, Toka-Cola, Koke… que incluso utilizaban logotipos y etiquetas parecidas.

Por si eso no fuera suficiente, las botellas de Coca-Cola se vendían habitualmente refrigeradas en barreños de agua fría, por lo que las etiquetas se despegaban fácilmente y, como las botellas eran todas muy parecidas (y cada embotellador usaba una diferente), resultaba complicado distinguir Coca-Cola de la competencia antes de dar el primer sorbo.

Una botella para gobernarlas a todas

La solución que encontraron los directivos de Coca-Cola fue una que cambió la forma de beber para siempre: crear una botella inconfundible. Así lo expresaba Harold Kirsch, el abogado principal de The Coca-Cola Company, en una convención de embotelladores en 1914:

No estamos construyendo Coca-Cola solo para hoy. Estamos construyendo Coca-Cola para siempre, y esperamos que Coca-Cola sea la bebida nacional hasta el fin de los tiempos. Los directivos de vuestras compañías están haciendo todo lo posible a su alcance para crear una botella que podamos adoptar como nuestro propio retoño, y cuando esa botella sea implantada, os pediría que no tuvierais en consideración el coste inmediato que ese cambio implique, sino que recordéis que con esta botella estaréis estableciendo vuestros propios derechos.

Así, en abril de 1915, la Asociación de Embotelladores de Coca-Cola decidió invertir 500 dólares (que en la época era mucho dinero) en el desarrollo de una botella inconfundible para Coca-Cola. Se contactaron en total diez compañías cristaleras, a quienes se les propuso un reto tan sencillo en su exposición como complejo en su ejecución: “crear una botella tan inconfundible que se pudiera reconocer por su tacto en la oscuridad o incluso rota en el suelo”.

El nacimiento de un icono

Siete meses después,y hace exactamente 100 años, el 16 de noviembre de 1915, la Root Glass Company de Terre Haute, Indiana, registraba la patente de la nueva botella. Su diseño, creado por un equipo en el que participaron, C.J y William Root (los dueños), el sueco Alexander Samuelson (el capataz) y los empleados Earl Dean y Clyde Edwards, estaba inspirado en las formas de una vaina de cacao, ovalada y con unos surcos muy característicos.

Lo más gracioso es que, casualidades de la vida, la elección de esta forma fue fruto de un afortunado error. Samuelson envió a Dean y a Edwards a la biblioteca a documentarse, y por una pequeña confusión con los nombres, volvieron con la ilustración de la vaina de cacao (cocoa, en inglés) en vez de con la de la hoja de coca.

Finalmente, y a pesar de esta curiosa equivocación, el diseño propuesto por Samuelson fue el claro vencedor cuando directivos de Coca-Cola y las compañías embotelladoras se reunieron a principios de 1916 para escoger la botella que usarían a partir de entonces, aunque se acordó que las formas se suavizarían ligeramente para facilitar la producción, dando lugar al diseño que hoy todos conocemos y reconocemos.

La botella entró en producción durante ese mismo año, pero su expansión fue gradual a lo largo de todo el país, debido a que para los embotelladores cambiar de botella suponía una gran inversión, y no fue hasta finales de la década que la mayor parte de los embotelladores la habían adoptado.


Un éxito económico, pero también cultural

La introducción de la nueva botella supuso todo un éxito para Coca-Cola, que gracias a este movimiento consiguió que su producto fuera no solo muy complicado de imitar, sino que además fuera reconocido casi inmediatamente por el consumidor, que distinguiría una botella de Coca-Cola al instante por sus curvas únicas, por el tacto del logo en relieve o por el color verde del vidrio. Gracias a ella, en 1928 las ventas de Coca-Cola embotellada superaron por primera vez a las de surtidor.

La botella de Coca-Cola se hizo tan famosa que pronto comenzó a permear en la cultura popular. Durante sus primeros años de existencia se la conoció como “hobbleskirt”, un tipo de falda muy popular a principios del siglo XX, una falda que se estrechaba a la altura de las espinillas, para luego ensancharse de nuevo, creando una forma similar a la de la botella.

También se la llamaba “Mae West”, comparando sus curvas con las de la voluptuosa actriz, mientras que la primera referencia al nombre “contour” la encontramos en la revista francesa La Monde en 1925.

La influencia en la cultura ha sido tal, que muchos artistas la han incorporado en sus obras. El primero fue el español Salvador Dalí, en su Poetry in America de 1943, al que siguieron otros como Paolozzi o Rauchenberg. Sin embargo, el impulsor de la botella como icono del pop art fue Andy Warhol, quien la utilizó en su exposición The Grocery Store junto a otros iconos suyos como las latas de sopa Campbell’s.

Esta es la fascinante historia de una botella que llegó para ser inconfundible y ayudar a luchar contra los imitadores, y acabó convirtiéndose en un icono, en una marca en sí misma, hasta el punto de que fue reconocida como tal en 1961, algo concedido solo excepcionalmente a un envase. Una botella que, 100 años después, sigue conservando el espíritu del primer día.