Disponer de una conexión a internet cada vez resulta más importante para la mayoría de la gente. De hecho, hay algunas personas que, cuando se quedan sin internet, experimentan una sensación similar a la que sufrimos todos frente un corte de la corriente eléctrica. Porque internet se ha tornado tan ubicua y fundamental para llevar las actividades diarias que pronto resultará más prioritaria una conexión a la red antes que al flujo eléctrico.

Por esa razón, la Federal Communications Commision (FCC), la entidad que supervisa la industria de las telecomunicaciones en los Estados Unidos, presentó en febrero de 2013 una propuesta que hubiera resultado insólita hace apenas cinco o diez años: un servicio de WiFi en todo el país gratuito para cualquier ciudadano. Internet, así, adquiría el estatus de cualquier bien común de primera necesidad.

Google ya ofrece Wi-Fi gratuito en un distrito de Manhattan (Chelsea) y en varias zonas de Silicon Valley en California.

Pero si en el Primer Mundo se está valorando la posibilidad de un internet gratuito para todos, es decir, para unos 2.000 millones de usuarios, en los países en vías de desarrollo la transformación que se está produciendo en el ámbito de las telecomunicaciones también podría constituir una revolución inaudita hasta hace poco: que toda la humanidad logre conectarse a internet.

La nueva infraestructura

“La información quiere ser libre”, sentenció el escritor norteamericano Stewart Brand en la primera Conferencia de Hackers, en 1984. Y esa afirmación se está haciendo más real que nunca, a juzgar por todas las iniciativas que aspiran a que internet alcance hasta el último rincón del globo terráqueo.

Google ha invertido 735 millones de euros en SES Government Solutions, el proveedor de satélites de tipo MEO (Mid Earth Orbit, es decir una órbita más baja que las geosincrónicas), para concebir O3B, un sistema de 180 satélites que haría llegar la red a zonas remotas y países en vías de desarrollo. O3B son las siglas de “other 3 billions”, que traducido quiere decir “los otros tres billones” (los billones del inglés estadounidense corresponden a nuestros miles de millones). De esta forma, 3.000 millones de usuarios nuevos (más que todos los usuarios que hay hoy en día conectados) están a punto de formar parte de la aldea global 2.0.

Usuarios que nunca han usado aún Google ni Twitter, y que no saben lo que es un blog o un tutorial de YouTube. La forma de proporcionar una conexión de banda ancha implica la instalación de cables de fibra óptica. Sin embargo, este procedimiento entraría en conflicto con multitud de impedimentos propios de los países subdesarrollados, como los monopolios gubernamentales. Por esa razón, si bien no se obtiene la misma velocidad de conexión, los satélites parecen ser la forma más eficaz de proporcionar internet a todo el mundo.

En zonas rurales o devastadas por catástrofes, se usan ya globos aerostáticos que permanecen en la estratosfera gracias al proyecto Loon. Y Google también se ha hecho con un fabricante de drones alimentados con energía solar (Titan Aerospace) que permanecerán en el aire durante años y actuarán como enlaces de conexión. También tiene drones solares Facebook, que serán repetidores que trasmitirán los datos mediante luz invisible con láser (FSO, free-space optical communication).

3.000 millones de usuarios que aún no conocemos

Con todo, a medida que se desarrollan estas nuevas infraestructuras, los nuevos 3.000 millones de usuarios ya están pugnando por hacerse un hueco en la red, o al menos aprovecharse de algunas ventajas de poder conectarse con sus semejantes a distancia. Para ello, se valen de toda clase de rudimentarios sistemas para conectarse, y algunos prefieren prescindir de muchos bienes fundamentales antes que de vender su teléfono móvil o su smartphone.

El continente africano es el paradigma de esta veloz transformación de valores y necesidades tecnológicas, como en el caso de Coca-Cola Sudáfrica, socio embotellador de Coca-Cola, que proporciona acceso gratuito a internet a comunidades rurales de África del Sur mediante quioscos con WiFi situados cerca de centros comerciales y escuelas.

Las telecomunicaciones cada vez son más importantes en el contiente, y los dispositivos para favorecerlas no dejan de crecer. En el año 2000, el 2% de la población tenía teléfono móvil. En 2009, el 28%. En 2013, el 70 %. La penetración del 2G y el 3G también ha sido extraordinaria entre 2011 y 2014. Si en 2011 había 500 millones de teléfonos móviles en África y 15 millones de smartphones, en 2015 se estima que haya más de 700 millones de teléfonos móviles y 127 millones de smartphones.

Lo usos aún rudimentarios de estas nuevas tecnologías de las telecomunicación son, por ejemplo, los de Zambia, donde los campesinos usan el teléfono móvil para comprar semillas y fertilizantes. Y en Kenia, KAZI 560, una agencia de contratación, emplea móviles para conectar a trabajadores potenciales con empleadores potenciales. Somos incapaces de imaginar hasta qué punto estos nuevos usuarios cambiarán internet y, sobre todo, cómo esta tecnología acelerará la prosperidad del continente africano y otras regiones emergentes.

Lo que ya sabemos es lo que está ocurriendo ahora, y un buen resumen lo ofrece Peter H. Diamandis en su libro Abundancia:

Gente sin educación y con poco para comer ya ha tenido acceso a la conectividad inalámbrica, de la que no se había oído hablar hace tan solo treinta años. Ahora mismo, un guerrero masai con un teléfono móvil tiene una mayor capacidad de comunicación que la que tenía el presidente de Estados Unidos hace veinte años. Y si tiene un teléfono inteligente con acceso a Google, entonces cuenta con un mejor acceso a la información de la que tenía ese presidente hace solo quince años.