Recorrer más de 7.000 kilómetros en busca de una botella perdida. Caerse en un contenedor intentando rescatar una lata. Así es, según la Real Academia, el entusiasmo: adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño. Y así es, también, el mundo del coleccionista. Un lugar especial en el que las historias más rocambolescas tienen perfecto sentido. Donde la pasión cobra dimensiones desconocidas para el resto de mortales.

“Yo perseguía a los extranjeros cuando entraban en España y tiraban las botellas a la basura en las áreas de descanso. Esperaba a que se fueran y las recogía. Pero un día no me di cuenta de que me seguía la Guardia Civil. No sé yo qué pensarían cuando vieron el maletero lleno de latas”, cuenta Antonio Martínez, el mismo que se cayó dentro de un container del circuito de Montmeló, intentando coger una lata.

La colección de Antonio Martínez es la más longeva, desde 1967

©La colección de Antonio Martínez es la más longeva, desde 1967

Un novato en el mundillo de los coleccionistas de Coca-Cola tardará en olvidar lo vivido en Barcelona el pasado fin de semana. El Coca-Cola Collectors Club de España organizó su convención más exitosa; y también más internacional.

“Esperamos volver con muchos objetos especiales”, decían Iván Villanueva y Juan Manuel Ramírez, coleccionistas mexicanos, antes de la habitual feria de compra-venta. Y como aperitivo, una comitiva de más de 30 coleccionistas extranjeros (y nosotros como invitados) pudo conocer algunas de las mejores colecciones de España.

50 años envasados

La colección de Antonio Martínez, en Castellar del Vallés, es una de las más variadas y longevas. Porque este ex trabajador de Coca-Cola lleva guardando envases y otros objetos desde 1967, poco después de empezar a trabajar en el departamento de publicidad de la compañía.

Ni siquiera tiene bien contabilizado lo que atesora, porque ya no sabe cómo hacerlo. Pero si tiene que decir un número, asegura guardar entre 14.000 y 15.000 objetos. Recalca que el doble de lo que tiene expuesto lo tiene almacenado en cajas por falta de espacio. Su objeto más preciado: las botellas de finales de siglo XIX (Coca-Cola se empezó a envasar en 1894).

Antonio Martínez frente a uno de sus muchos expositores abarrot

©Antonio Martínez frente a uno de sus muchos expositores abarrotados de botellas


Gene Judd no se desprende de su gorra del BMW Championship de Golf. Tampoco se quita la sonrisa de quien se sabe objeto de la envidia, sana, de quienes le rodean. En Indianápolis, Estados Unidos, tiene la que es, probablemente, la mayor colección del mundo Coca-Cola. Rivalizando, incluso, con el museo de la propia Coca-Cola en Atlanta. Hasta cuenta con un camión de reparto de los años 30, además de 24.000 latas y 11.000 botellas.

Era su tercera vez en Barcelona, disfrutando de las colecciones de compañeros de afición como Antonio. Un invitado de lujo.

Lo que más me gusta de coleccionar Coca-Cola es la gran comunidad que existe. Nos da la oportunidad de viajar alrededor del mundo”. Judd ha estado en Argentina, Kuala Lumpur, Panamá, Hong Kong o Barcelona. Solo empujado por conseguir nuevos objetos de la marca de refrescos. “Probablemente tenga alguna botella de cada país del mundo”.

Una lata del espacio

Hay dos objetos que reciben una atención especial en la colección que tiene en Badalona Frederic Garriga, presidente de la asociación de coleccionistas de España. Una lata que se hizo para que los astronautas del trasbordador espacial Challenger pudieran beber Coca-Cola en gravedad 0 y una botella de los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, de la que quedan unos 50 ejemplares en el mundo, debido al boicot de Estados Unidos a los Juegos de la Unión Soviética.

Garriga tiene más de 3.000 botellas conmemorativas de fútbol, restaurantes, Juegos Olímpicos y otros eventos. “Para mí, soy una persona normal. Pero para la gente que no soy yo, estoy un poco enfermo”, bromea este coleccionista, mientras recorre los abarrotados pasillos de su sala de exposición.

Fue Barcelona 92, como a muchos otros, lo que le hizo entrar de lleno en el mundo del coleccionismo de Coca-Cola. Atraído por los pines conmemorativos, fue conociendo a otros como él, y pronto su colección empezó a cobrar vida. Casi desde entonces, forma parte del Collectors Club de España. 

Xavi Picarín (izquierda, de rojo) y Frederic Garriga (derecha, de negro) posan frente a una estantería llena de botellas

©Xavi Picarín (izquierda, de rojo) y Frederic Garriga (derecha, de negro) posan frente a una estantería llena de botellas

La maleta, llena

A Xavier Picarín lo encontramos ante una parrilla de proporciones interesantes. El vicepresidente del club tuvo que sudar para que la convención fuera un éxito. Y para dar de comer a todos los invitados tras el primer día del encuentro. Tiene más de 4.200 botellas conmemorativas en el bajo de su casa en Torrelles de Llobregat, ordenadas por países de los cinco continentes.

“Nunca hemos hecho un evento tan grande. Sin duda el mayor de España, y probablemente de Europa. Hemos llenado hoteles, mesas. Este año se ha animado a venir mucha gente”, puntualiza, orgulloso, Picarín.

“Cuando veo estas colecciones, solo pienso en una cosa: espacio”. Para Svenn Iversen, presidente del Nordic Collectors Club, que engloba Dinamarca, Suecia y Noruega, su país de origen, este es su mayor desafío. No sabe cómo hacer para que una colección que aspira a ser tan grande como la de sus compañeros del sur quepa en un bajo de 15 metros cuadrados a media hora al norte de Oslo.

Aun así, espera, tras su primera estancia en Barcelona, volver a casa con la maleta llena hasta los topes.

A falta de las botellas originales, siempre viene bien una fotografía para el recuerdo

©A falta de las botellas originales, siempre viene bien una fotografía para el recuerdo

 

 

 

Botellas hasta el infinito

Para ninguno de los visitantes extranjeros se hizo necesaria una presentación de la colección de Rafael González. Su particular museo, situado en Vallirana, tiene cerca de 8.500 botellas de todos los estilos y colores.

El secreto de su colección: “paciencia, tiempo… y algo más”. Porque Rafa no se olvida de la inversión económica que requiere este hobby. Nadie quiere hablar de cifras delante del micrófono, pero una pequeña incursión por internet deja ver cantidades mareantes.

“Tener un objeto único te hace sentir muy especial”, explica Paolo Biagioni (Florencia, Italia), presidente del Coca-Cola Collectors Club Italia, mientras su compañera milanesa, Monica Muzzioli, asiente. Ella tiene dos botellas de Coca-Cola que pertenecieron a la Marina de Estados Unidos y que se pasaron más de 40 años en el fondo del mar, después de la segunda Guerra Mundial. “Para mí son un trocito de historia”.


Quizá sea esto lo que haya enganchado, sin remedio, a esta comunidad internacional de coleccionistas. Sentirse especial, atesorar la historia, almacenar experiencias. Y si no acumulan más, es porque les falta tiempo para seguir buscando. Y espacio en el que guardarlo todo.